Ramón Muriedas
Ramón Muriedas
UN LEVE RUMOR DE MAR.

Cuenta el escritor Álvaro Pombo que, durante las aventuras de infancia compartidas con el escultor santanderino, le recuerda ágil e incansable, saltando por los bellos y abruptos acantilados costeros de su ciudad. También recuerda con viveza cómo comenzó a realizar preciosas figuras de arena en la playa, de forma casi espontánea, sin ser apenas consciente de su naturaleza efímera. Lo hacía con una concentración y una facilidad sorprendentes, acompañado de fondo por el rumor del mar. Un mar que le proporcionaba el espacio y material necesarios para llevar a cabo su obra creadora, pero que al subir la marea, la arrastraba con él, cerrando un círculo natural de orden casi perfecto.

De esa afición, surgida como de la nada, llegaron los primeros premios de su carrera, siendo apenas un chaval. En los concursos locales destacaba entre todos los participantes con sus animales y castillos imaginarios construidos con arena y sal. Tal vez, ese comienzo marítimo fuera el que le llevara, con el tiempo, a realizar esculturas figurativas de texturas inacabadas y orgánicas, como surgidas de aquéllos acantilados rocosos tan familiares. Y, tal vez, la arena mojada de la playa fuera el origen de esa querencia y fidelidad hacia el barro –que nunca abandonó-, un material humilde y dúctil que también necesitaba humedecer para poder modelar a su antojo.

Fue, por lo tanto, Muriedas, un escultor temprano que asumió su vocación con absoluta normalidad, sin cuestionamientos. Y así, la escultura pasó a formar parte de su vida, a confundirse con ella, pues era su pasión por el arte al mismo tiempo trabajo y afición. Fueron los temas de la vida cotidiana, junto con su devoción por la familia, la amistad y la naturaleza, sus principales fuentes de inspiración.

Ramón Muriedas regresó a su Santander natal tras una fructífera carrera de éxito y reconocimiento dentro y fuera de nuestro país, y allí, como un barco varado, se fue apagando poco a poco. Ensimismado en sus pensamientos, rodeado de recuerdos y acompañado por su inseparable perro, Benito –el galgo más bonito de Europa-, le recuerdan paseando por la playa del Camello -donde se erguía la rota silueta de su Neptuno niño-, y por los acantilados del Faro, de El Puente del Diablo y El Panteón del Inglés. Durante sus últimos años de vida siguió recorriendo las mismas sendas de forma ágil e incansable, «como un demente» (tal y como le reprendía su adorada madre, Doña Hilda, cuando era niño), y como en su más tierna infancia, mientras lo hacía, escuchaba de fondo, tozudo e incesante, el leve rumor del mar.

A la hora de resumir los 76 años de existencia del escultor Ramón Muriedas, se hace difícil desligar obra y vida o viceversa. De este modo, hemos optado por elaborar una cronología mixta, que entrelaza ambos aspectos, vital y profesional.

Ramón Muriedas